domingo, 17 de septiembre de 2006

Leyenda

Al amanecer
algunos ojos ya eran de la oscuridad
y huyeron hacia las tinieblas del ayer
con un puñado de semillas por sembrar,
con un puñado de promesas por crecer
y amar.

Pero salió el sol
y se elevó sobre la tierra siempre más,
secando el frío nocturnal, dando calor,
regocijando al mundo con su prodigar,
irguiendo al viento un poderoso corazón
de amar.

Y su luz subió
saltando las montañas, traspasando el mar,
regando al mundo con su cálida verdad,
su cálida razón,
esparciendo la claridad como una estación.

Era bello el sol
que se elevaba sobre el mundo siempre más
con su destierro de nevada, su canción,
su semillero en jubiloso despertar,
erguido al viento el poderoso corazón
de amar.

Y su luz llegó
al reino oscuro, a las torres del ayer
y la simiente arrebatada de su amor
sintiose renacer
al contacto de su calor y de su quehacer.

Luego al final,
a la hora en que se suponía atardecer,
sintieron que la luz quedó en su respirar
como una sangre de la atmósfera, un poder,
un pacto eterno con la claridad solar,
con la claridad solar,
con ser.

Silvio Rodríguez

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